Están sucias. Les pido que aguanten las tres pelotitas de tenis; que no dejen caer las monedas. No son manos de trabajador. Cuando termino de hacer el acto les ofrezco la mano a los señores pasajeros. Uno a uno. Es un trabajo de artesano, decía mi hermano.
Mi hermano iba a la escuela de noche. Él tampoco tenía manos de trabajador.
Los que me dan la mano, me miran a los ojos. Los demás, me dicen que no con la cabeza.
Con estas manos chiquitas hago malabares. Malabares con las pelotitas de tenis, con los pies que me sostienen cuando el subte corre de panza. Malabares con los hombros, con los ojos (cuando veo a alguno de traje prestándome atención).
Después, todos aplauden. Todas las manos hacen ruido.
Son como un consuelo para estas manos chicas, como para no hacerme sentir mal.
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Él escribía y ella estaba, que ya era mucho. Aquellos fueron buenos días. El escritorio se colmaba de hojas, de recortes y de libros, formando altas murallas todo alrededor de la máquina de escribir; murallas cuyas torres eran coronadas casi inevitablemente con tazas vacías y ceniceros despintados de plomo.
–Me duelen los dientes –dijo ella. Martín se dio vuelta sobre la silla. La miró largamente con el mentón apoyado sobre el respaldo de madera.
- ¿Los dientes?
-Sí, no me pasaba desde que era chica, cuando todavía vivía con mamá. Es un dolor terrible, te juro.
-Qué raro. ¿Y fuiste a ver a un dentista o algo?
-No, son esas cosas que se van solas. Una vez me dolían tanto, tanto. No me voy a olvidar más. Para variar, mamá no estaba. Mi abuela me acarició el pelo un montón de tiempo. Todavía me acuerdo, me dijo que no eran los dientes los que me dolían, sino las palabras que no me había animado a decir y que todavía tenía en la boca.
Los dos se quedaron un rato en silencio.
-Para mí que apretaste mucho los dientes mientras dormías.
Martín se paró y le dio un beso en la frente. -¿Querés una aspirina? –le preguntó.
–Dejá. Seguro que en un rato se me pasa.
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Plaf
.....Era una de esas noches de calor en las cuales la piel parece un adhesivo húmedo al que se pegan las piernas de María y las sábanas y los pelos del gato......Martín se levantó suavemente, procurando no despertarla. Estaba en calzoncillos. Abrió la ventana de par en par y recibió en su rostro el mundo y su noche. Puso un pie sobre la barandilla de hierro. Saltó. Cayó dos pisos. Cayó sobre las avenidas y sobre las sendas peatonales. Cayó sin motivos sobre los balcones. Cayó seis pisos, sobre todas las plazas. Sobre la cuesta que desciende de
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Estaban tirados en el bollo de sábanas cuando Rube le dijo: Quisiera ser el tipo sexy que te encanta.
-¿Cuál?
-Ese, no sé. Todas tienen uno.
Susi lo miró con ternura. Entonces, le acarició el pelo negro que se hizo gajos entre sus dedos. Gajos brillantes de un pelo que parecía estar húmedo. Sos un tonto, le dijo.
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- Mirá. ¿Te puedo leer algo?
- ¿Qué es?
- Algo que escribió Strindberg. Escuchá: "No ser dueño de nada es una manera de ser libre".
- Sí. Qué se yo.
- ¿No te parece?
- No, no. Estoy de acuerdo con...
- Strindberg.
- Strindberg, si. Puede ser.
- ¿Ves? Yo nunca fui dueña de nada.
- No seas dramática. Esa almohada es tuya, por ejemplo.
- Si, pero una almohada no esclaviza.
- Polidor es tuyo.
- ¿Polidor es mío?
- Supongo. Vos lo encontraste, lo trajiste y le das agua.
- Si, ¿no?.
- Todo esto me hizo pensar en mamá. (mirando a Polidor).
- ¿Ella también le andaba leyendo frases de Strindberg a la gente? (con ironía).
- No, pelotudo.
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Eccehomo de blanquecinos terciopelos
.....Es como tener la panza colmada de semillas que brotan de noche. Yo escribo porque me nace de adentro. Cerrar-los-ojos es darles la dieta necesaria. Empiezan a empujar. Es insoportable. Procuro tener a mano unos papelitos MEMO en su cuadradito de cuerina negra; la máquina siempre atenta sobre el escritorio que descansa cerca. Luego, enorme sacrificio de abrir los ojos, salir del cálido útero de mi cama y sentarme en la silla para volcarme nuevamente sobre las teclas o la hoja de papel. No pienso demasiado en por qué o para quién. Escribo. Algunas, sortean las lecturas posteriores. Sólo dos o tres son debidamente recortadas y publicadas. ¿Para qué? Qué se yo. Es parte del círculo. Escribo para ser leído: Esa es mi cruz. Algunas veces no hay nada peor para un escritor que encontrarse con otro escritor.
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